De los relatos heroicos a las operaciones de influencia: cómo las historias forman, orientan y pueden manipular nuestra idea del honor
Artículo anterior de la serie: El hombre que no quería matar — La conciencia antes de la obediencia.
Antes del arma, hubo una historia
Antes de empuñar una espada, alguien tuvo que imaginar qué significaba empuñarla.
Antes de marchar hacia una batalla, alguien tuvo que aprender qué era el honor, qué aspecto tenía un cobarde, por qué ciertas causas merecían sacrificio y qué clase de muerte podía considerarse gloriosa.
Antes del arma hubo una historia.
Un relato junto al fuego. Una canción. Una leyenda familiar. Una imagen grabada en piedra. Un poema sobre hombres que regresaban cubiertos de sangre y gloria. Una madre hablando de sus antepasados. Un anciano recordando una guerra. Un niño mirando fascinado al héroe que derrotaba al monstruo.
Mucho antes de que existieran la radio, el cine, la televisión o las redes sociales, los seres humanos ya sabíamos algo esencial:
Las historias enseñan a mirar el mundo.
No lo hacen únicamente transmitiendo información.
Nos dicen qué merece admiración.
Qué debe producir vergüenza.
A quién conviene temer.
Por quién merece la pena sacrificarse.
Qué clase de hombre querríamos llegar a ser.
Por eso una buena historia puede educar de una manera que jamás conseguirá un manual.
En la enseñanza marcial ocurre exactamente lo mismo. José Santos Nalda señala, al hablar del storytelling aplicado al Aikido, que una historia permite transmitir un mensaje despertando emoción e identificación, hasta el punto de que el practicante puede imaginarse en el lugar del personaje.
Ahí reside una de las fuerzas más antiguas de la narración.
No nos limitamos a escuchar al héroe.
Durante unos minutos, somos el héroe.
Sentimos su miedo.
Compartimos su humillación.
Deseamos su victoria.
Nos levantamos con él cuando cae.
Y, sin darnos cuenta, algo de aquello que admiramos comienza a instalarse dentro de nosotros.
Eso puede hacernos mejores.
Pero la misma puerta por la que entra una enseñanza puede utilizarse para introducir una dirección.
Ahí comienza la cuestión que nos interesa.
La épica que forma y la épica que manipula
No tengo ningún problema con la épica.
Todo lo contrario.
Creo que la necesitamos.
Necesitamos historias sobre hombres y mujeres capaces de mantenerse firmes cuando los demás huyen. Historias de sacrificio, fidelidad, resistencia, protección del débil, amistad, honor, amor, superación y servicio.
Necesitamos a Héctor despidiéndose de Andrómaca.
Al caballero que permanece en su puesto mientras todo se derrumba alrededor.
Al bombero que entra mientras los demás salen.
Al padre que protege a sus hijos.
Al desconocido que se lanza al agua para salvar a otro.
El hombre necesita modelos.
Los niños los necesitan todavía más.
Porque antes de formular intelectualmente nuestros valores solemos representarlos mediante personas.
Queremos saber qué aspecto tiene la valentía cuando camina sobre dos piernas.
Ahí aparece el héroe.
El problema no está en la existencia del héroe.
Ni siquiera en que luche.
Hay situaciones en las que luchar es inevitable.
La cuestión aparece cuando alguien descubre que ese mismo mecanismo de identificación puede utilizarse para indicarnos contra quién debe luchar el héroe, por qué debe hacerlo y al servicio de quién debe poner su espada.
Una cosa es enseñar al hombre a ser valiente.
Otra muy distinta es enseñarle a desear la guerra.
Una cosa es mostrar que existen ocasiones en las que alguien debe arriesgar la vida para proteger a otros.
Otra es conseguir que una generación confunda aventura con destrucción, obediencia con honor o muerte con gloria.
La frontera puede parecer pequeña.
No lo es.
La épica que forma fortalece al individuo.
La manipulación intenta dirigir la fuerza obtenida.
La primera dice:
—Sé valiente.
La segunda añade:
—Y ahora voy a decirte contra quién debes demostrarlo.
El problema no comienza cuando una historia celebra el valor.
Comienza cuando deja de permitir preguntas sobre el uso de ese valor.
Cuando desaparece el precio de la violencia.
Cuando el enemigo deja de ser humano.
Cuando la duda se convierte automáticamente en cobardía.
Cuando la obediencia ocupa el lugar del discernimiento.
Cuando la muerte resulta más hermosa que la vida que supuestamente se pretende defender.
Entonces el relato ha dejado de limitarse a contar una aventura.
Está intentando orientar al hombre que la escucha.
Los antiguos ya conocían el poder del relato
Nada de esto nació con internet.
Ni con Hollywood.
Ni siquiera con la propaganda moderna.
Los gobernantes comprendieron hace miles de años que el poder no se sostiene solamente mediante soldados.
También necesita símbolos.
Roma ofrece un ejemplo sencillo.
Las monedas romanas no eran únicamente instrumentos económicos. Transportaban imágenes de emperadores, divinidades, provincias, victorias y símbolos de legitimidad a través de todo el Imperio.
El propio Museo Nacional de Arte Romano describe las monedas romanas como un potente instrumento de propaganda política: su circulación permitía difundir mensajes escogidos por el emperador o las élites y hacerlos llegar a todos los grupos sociales. Cultura
Piénselo un momento.
No había televisión.
No había redes.
No había teléfonos.
Pero una pequeña pieza de metal pasaba de mano en mano llevando consigo una determinada imagen del mundo.
El emperador.
La victoria.
Roma.
Los dioses.
El orden.
No hacía falta pronunciar un discurso cada mañana.
El símbolo viajaba solo.
Y, sin embargo, conviene introducir aquí una distinción esencial.
No todo relato colectivo nace de una operación deliberada.
Las culturas generan espontáneamente símbolos, mitos, modas, costumbres, héroes y formas de interpretar la realidad. Las historias cambian al pasar de generación en generación. Unos relatos sobreviven porque emocionan; otros porque ayudan a dar sentido al mundo; muchos desaparecen sin que nadie haya decidido destruirlos.
Por eso conviene separar fenómenos diferentes:
Evolución cultural espontánea: transformaciones que surgen de millones de decisiones, intercambios, innovaciones, imitaciones y conflictos sin una dirección única.
Influencia: cualquier intento de modificar la percepción o conducta de otros mediante persuasión, prestigio, ejemplo, publicidad o presión social.
Propaganda: comunicación deliberadamente diseñada para orientar a una audiencia hacia determinadas creencias, actitudes o comportamientos.
Operaciones de influencia o psicológicas: acciones planificadas sobre audiencias determinadas para conseguir efectos concretos sobre su percepción, motivaciones, decisiones o conducta.
No son lo mismo.
Confundirlas lleva a imaginar conspiraciones donde puede haber simplemente cambio cultural, incentivos comerciales o comportamiento colectivo.
Pero negar que las formas deliberadas existen porque también existen las espontáneas conduce al error contrario.
El Guerrero necesita evitar ambos.
La credulidad.
Y la obsesión.
El héroe que todo hombre quiere ser
Hay una edad en la que casi todos hemos empuñado una espada que no era una espada.
Un palo.
Una rama.
Un tubo de cartón.
Cualquier cosa servía.
El suelo del salón podía transformarse en las murallas de una ciudad sitiada.
Un bosque era territorio enemigo.
La bicicleta era un caballo.
Una manta hacía de capa.
No necesitábamos demasiadas explicaciones.
Habíamos entendido algo esencial.
El héroe protege.
Quizá por eso la figura heroica aparece una y otra vez en culturas separadas por enormes distancias y siglos de historia.
El héroe atraviesa el miedo.
Renuncia a algo.
Acepta una carga.
Protege algo que considera superior a sí mismo.
Vuelve transformado.
A veces ni siquiera vuelve.
Ésa es la parte de la épica que merece ser conservada.
En La Brújula del Guerrero el valor no aparece como ausencia de miedo, sino como dominio de ese miedo para hacer lo correcto.
La diferencia es fundamental.
Porque el temerario también corre hacia el fuego.
Pero no necesariamente es valiente.
Puede ser simplemente inconsciente.
El Guerrero necesita valor, pero también necesita juicio.
Necesita fuerza, pero además dirección.
Necesita poder, pero debe saber para qué emplearlo.
Y aquí aparece una pregunta mucho más incómoda:
¿Quién decide qué significa ser héroe?
Porque quien consigue responder esa pregunta para millones de personas dispone de algo tremendamente poderoso.
Puede orientar su admiración.
Y el ser humano tiende a caminar hacia aquello que admira.
Cuando el relato se convierte en operación
No hace falta acudir a teorías oscuras para afirmar que existen técnicas deliberadas destinadas a influir sobre percepciones y comportamientos.
Forman parte de doctrinas públicas.
Documentos de la OTAN describen las operaciones psicológicas como actividades planificadas que emplean comunicación y otros medios sobre audiencias aprobadas para influir en percepciones, actitudes y comportamientos vinculados a objetivos políticos o militares. OTAN
No necesitamos entrar mucho más en su arquitectura técnica.
Para nuestro propósito basta comprender el principio.
Se estudia una audiencia.
Qué desea.
Qué teme.
En quién confía.
Qué símbolos reconoce.
Qué heridas conserva.
Qué considera honorable.
Qué le produce vergüenza.
Qué amenaza percibe.
Qué identidad siente amenazada.
Después se construyen mensajes capaces de activar algunas de esas teclas.
El relato deja entonces de ser únicamente una historia.
Puede convertirse en instrumento.
Y posee una ventaja formidable.
Una orden despierta resistencia.
Una historia puede entrar por una puerta distinta.
No nos dice necesariamente:
—Haz esto.
Primero consigue que admiremos al hombre que lo hace.
Después nos muestra aquello que debemos temer.
Luego aquello que deberíamos despreciar.
Finalmente puede hacer que determinada conducta nos parezca natural, honorable o inevitable.
Quien conquista tu imaginación necesita darte muchas menos órdenes.
De los trovadores a las pantallas
Durante siglos el relato viajó a la velocidad del hombre.
Después aprendió a viajar a la velocidad de la imprenta.
Más tarde a la velocidad de las ondas de radio.
Llegó el cine.
La televisión.
Internet.
Las redes sociales.
Y finalmente un sistema en el que millones de personas llevan permanentemente una pantalla en el bolsillo.
El mecanismo humano apenas ha cambiado.
Lo que ha cambiado de forma radical es la capacidad de distribución.
El trovador podía emocionar una plaza.
La imprenta, una ciudad.
La radio, una nación.
El cine podía mostrar a millones de personas la misma bandera ondeando sobre el mismo campo de batalla.
La televisión introdujo la imagen dentro del hogar.
Las redes sociales hicieron algo todavía más profundo:
convirtieron a cada receptor en distribuidor.
Ahora la historia no viaja solamente desde un centro hacia millones de espectadores.
Rebota.
Se transforma.
Se corta.
Se comenta.
Se convierte en meme.
Se enfrenta a otra historia.
Se reproduce millones de veces en unas horas.
Además aparece un elemento nuevo: la selección automática.
No siempre es necesario que exista una voluntad ideológica detrás de lo que vemos. Puede bastar con un sistema cuyo interés fundamental sea retener nuestra atención.
Y pocas cosas retienen mejor la atención humana que el miedo, el deseo, la indignación y el enfrentamiento.
La consecuencia es importante.
Una cultura puede ser empujada en determinada dirección tanto por actores que intentan influir deliberadamente como por mecanismos que simplemente premian aquello que provoca una reacción más intensa.
La intención y el efecto siguen siendo cosas diferentes.
Para entender lo que tenemos delante hay que aprender a distinguirlas.
Cuando la muerte adquiere música
Hay una escena que el cine conoce muy bien.
El protagonista avanza.
La cámara ralentiza el tiempo.
La música empieza a crecer.
Los compañeros caen.
Él continúa.
Hay humo.
Destellos.
Una bandera.
Un último esfuerzo.
Y durante unos segundos sentimos algo muy antiguo recorriendo el pecho.
Eso no convierte automáticamente la película en propaganda.
El arte necesita belleza.
Necesita ritmo.
Necesita símbolos.
Probablemente seguiríamos contando historias heroicas aunque desaparecieran mañana todos los ministerios de propaganda del planeta.
Pero conviene observar lo que ocurre cuando la violencia recibe tratamiento estético.
La música puede cambiar nuestra relación emocional con una muerte.
El montaje puede convertir semanas de sufrimiento en treinta segundos de gloria.
Una explosión puede ser visualmente hermosa desde una butaca.
No huele.
No quema.
No deja a una madre esperando noticias.
No enseña las infecciones.
No muestra al mutilado veinte años después intentando levantarse de la cama.
La guerra narrada nunca es exactamente la guerra vivida.
Por eso quien construye su representación puede elegir qué parte vemos.
Durante la Primera Guerra Mundial los carteles fueron utilizados de forma extensa para el reclutamiento, la propaganda, el racionamiento, la recaudación de fondos y la movilización de la población. El Imperial War Museums conserva numerosos ejemplos procedentes de distintos países. IWM
La cuestión no es escandalizarnos.
Resulta comprensible que un Estado inmerso en una guerra intente movilizar recursos y población.
Lo interesante es comprender el mecanismo.
Porque actúa precisamente sobre aquello que el hombre considera noble.
Deber.
Lealtad.
Vergüenza.
Protección.
Hermandad.
Coraje.
Los mismos resortes que pueden formar un excelente carácter pueden utilizarse para dirigirlo.
El problema nunca ha sido el valor. El problema es quién coloca el objetivo delante del hombre valeroso.
Cuando el campo de batalla somos nosotros
Cuando pensamos en guerra solemos imaginar destrucción física.
Edificios derrumbados.
Soldados.
Misiles.
Sangre.
Pero una sociedad también depende de cosas que casi nunca aparecen en un mapa militar.
Confianza.
Cohesión.
Familias.
Amistades.
Instituciones.
Sentido de pertenencia.
Capacidad de cooperación.
Un mínimo acuerdo sobre aquello que permite continuar viviendo juntos.
Esperanza.
Voluntad de proteger lo común.
Una comunidad puede conservar intactas sus carreteras y haber sufrido, sin embargo, una pérdida mucho más profunda.
Porque cuando nadie confía en nadie, cada conflicto se vuelve más caro.
Cuando desaparece cualquier identidad compartida, cada diferencia amenaza con convertirse en una frontera.
Cuando el vecino deja de ser alguien con quien discrepo y empieza a convertirse en alguien cuya mera existencia considero intolerable, algo esencial se ha roto.
Por eso el terreno informativo importa.
La OTAN define actualmente las amenazas informativas como actividades intencionadas, dañinas, manipuladoras y coordinadas que pueden buscar crear confusión, profundizar divisiones, desestabilizar sociedades y debilitar a sus objetivos. OTAN
No siempre hace falta convencer a una población de una gran mentira.
A veces basta con conseguir que deje de saber en quién confiar.
O que dos grupos que ayer podían convivir comiencen a percibirse como enemigos irreconciliables.
En ese momento el territorio más importante ya no está fuera.
Está dentro de nosotros.
La victoria que no necesita batalla
Imaginemos por un momento que alguien quisiera debilitar una comunidad.
Podría intentar destruirla desde fuera.
Es caro.
Arriesgado.
Provoca resistencia.
Y posiblemente consiga justo lo contrario: que quienes estaban divididos se unan frente al enemigo común.
Existe otra posibilidad.
Conseguir que sus miembros dejen de confiar unos en otros.
Que cada grupo vea al vecino como amenaza.
Que desaparezca cualquier punto común.
Que aumente el cinismo.
Que el sacrificio resulte ridículo.
Que la responsabilidad parezca ingenuidad.
Que nadie crea que existe nada digno de ser defendido.
Que cada conversación termine convertida en una batalla entre identidades.
Llegado cierto punto ya no es necesario derribar demasiados muros.
Los habitantes comienzan a golpearlos desde dentro.
Ésa sería la lógica extrema de una operación sobre la conciencia colectiva.
No hace falta conquistar cada casa si se consigue que sus habitantes se enfrenten entre sí.
No es necesario destruir todas las instituciones si dejan de merecer confianza.
Y no hace falta vencer militarmente a un adversario si éste empieza a desperdiciar su fuerza destruyendo aquello que debería preservar.
La batalla más barata es aquella que consigue que el contrario libre parte de ella contra sí mismo.
La idea es incómoda porque desplaza nuestra mirada.
Ya no pregunta solamente qué puede hacernos un adversario.
Pregunta qué podemos llegar a hacernos nosotros mismos cuando perdemos el criterio.
Y entonces aparece el Guerrero
Aquí la cuestión deja de ser únicamente política, militar o cultural.
Vuelve al individuo.
¿Qué hacemos con todo esto?
¿Desconfiar de cada película?
¿Buscar mensajes ocultos en cualquier videojuego?
¿Interpretar cada moda como una operación?
¿Pasarnos la vida preguntándonos quién intenta manipularnos?
No.
Ésa sería otra forma de esclavitud.
El Guerrero no necesita vivir asustado por la posibilidad de ser influido.
Necesita conocerse suficientemente para saber cuándo algo está intentando apoderarse de su miedo, su vanidad, su ira o su necesidad de pertenecer.
En La Brújula del Guerrero se define al Guerrero precisamente como alguien consciente, inmerso ante todo en una lucha interior y guiado por una disciplina que no consiste en obedecer órdenes externas, sino en gobernarse a sí mismo.
Ahí está una parte importante de la defensa.
No consiste en sospechar de todo.
Consiste en recuperar el criterio.
Podemos disfrutar de una película y observar al mismo tiempo qué emociones despierta.
Podemos emocionarnos con una carga de caballería y seguir sabiendo que los caballos también sangran.
Podemos admirar a un soldado sin desear guerras.
Podemos llorar cuando un héroe se sacrifica sin convertir el sacrificio en un fetiche.
Podemos amar las historias heroicas sin entregar a nadie la facultad de decidir automáticamente qué causa merece nuestra vida.
La pregunta no es:
—¿Intentan manipularme?
La pregunta más fértil es:
—¿Qué está ocurriendo dentro de mí mientras contemplo esto?
¿Qué me está enseñando esta historia a admirar?
¿Qué me invita a despreciar?
¿A quién presenta como humano?
¿A quién reduce a caricatura?
¿Qué precio de la violencia me muestra?
¿Cuál deja fuera del encuadre?
¿El protagonista protege algo o simplemente destruye?
¿Conserva criterio propio?
¿Puede decir no?
¿Asume responsabilidad por aquello que hace?
¿Su fuerza sirve a algo superior a su ego?
Y quizá la pregunta más importante:
Si yo tuviera su fuerza, ¿a quién se la entregaría?
Porque ésa es la pregunta que cualquier propaganda preferiría responder por nosotros.
El Guerrero debe responderla él.
El Guerrero no vive sospechando de todo; vive despierto.
No matar la épica: rescatarla
Después de observar cómo las historias pueden utilizarse para influir sobre nosotros, sería fácil cometer un error.
Desconfiar de la épica misma.
Considerar sospechoso cualquier relato de héroes.
Ridiculizar el honor.
Vaciar de sentido palabras como sacrificio, fidelidad, deber, servicio o coraje porque alguien las utilizó alguna vez para conducir hombres hacia una guerra.
Sería una mutilación.
Una sociedad sana necesita héroes.
Necesita relatos que recuerden que existen cosas por las que merece la pena realizar un esfuerzo.
Historias donde alguien cumple su palabra aunque hacerlo le cueste.
Donde un hombre domina el miedo para proteger a otro.
Donde alguien permanece al lado del amigo cuando marcharse sería mucho más cómodo.
Donde una persona soporta años de disciplina por alcanzar algo que considera valioso.
Donde el fuerte no utiliza su fuerza para humillar al débil.
Donde quien puede destruir decide contenerse.
Donde levantarse después de caer vale más que no haber caído nunca.
Una cultura que deja de transmitir esas imágenes no elimina la necesidad humana de encontrar modelos.
Simplemente deja el terreno libre para otros.
El ser humano continuará buscando héroes.
La pregunta será cuáles.
Quizá termine admirando únicamente al más rico.
Al más famoso.
Al más temido.
Al que acumula más poder.
Al que consigue imponerse.
Al que humilla mejor a sus adversarios.
Al que jamás reconoce un error.
Al que convierte cada desacuerdo en una demostración pública de fuerza.
Por eso no se trata de destruir la épica.
Se trata de rescatarla.
Separar el coraje de la sed de violencia.
El servicio de la obediencia ciega.
La fuerza de la crueldad.
La fidelidad de la sumisión.
El sacrificio de la manipulación.
La capacidad de combatir del deseo de hacerlo.
Necesitamos héroes capaces de proteger.
Pero también de contener.
Héroes que tengan criterio propio.
Que sepan obedecer cuando corresponde y desobedecer cuando una orden les exige traicionar aquello que precisamente les hacía dignos de obedecer.
Héroes capaces de combatir sin amar la guerra.
Capaces de mirar al adversario y seguir reconociendo en él a un hombre.
Capaces de vencer sin necesitar humillar.
Capaces de conservar misericordia cuando disponen de poder suficiente para no tenerla.
La tradición del Guerrero que atraviesa estas páginas nunca ha consistido simplemente en aumentar la capacidad de hacer daño.
En La Brújula del Guerrero, proteger aparece unido a la regla del mal menor: el daño, cuando resulte inevitable, ha de ser necesario, suficiente y mínimo.
Ahí hay una frontera enorme entre el Guerrero y la máquina.
La máquina pregunta:
—¿Puedo hacerlo?
El Guerrero tiene que preguntar:
—¿Debo hacerlo?
Y quizá la cima de ese aprendizaje no llegue cuando adquiere capacidad para matar.
Quizá llegue cuando, teniendo esa capacidad, sabe cuándo no hacerlo.
Ese instante carece de explosiones.
No hay música creciendo al fondo.
No hay cámara lenta.
Nadie escribe necesariamente una canción sobre él.
Un hombre simplemente contiene la mano.
Baja el arma.
Se niega a cruzar una línea.
Decide que ganar no exige destruir.
O comprende que la orden recibida no convierte automáticamente una acción en justa.
Puede parecer menos épico.
Tal vez sea una forma superior de épica.
Porque destruir cuando se posee una fuerza abrumadora puede ser fácil.
Contenerla requiere dominio.
Y dominar la propia fuerza ha sido siempre una de las tareas más difíciles del Guerrero.
Por eso debemos conservar nuestras historias de héroes.
Pero devolverles la conciencia.
Que enseñen coraje.
Que enseñen fidelidad.
Que enseñen sacrificio.
Que enseñen resistencia.
Que enseñen a levantarse.
Que enseñen a proteger al débil.
Pero que recuerden también que ningún valor queda completo sin discernimiento.
Porque el valor sin criterio puede convertirse en temeridad.
La fidelidad sin conciencia, en servidumbre.
El sacrificio sin juicio, en desperdicio.
Y la fuerza sin misericordia termina pareciéndose demasiado a aquello que decía combatir.
En el Camino del Guerrero, elegir a quién servir nunca ha sido una cuestión menor.
La propia tradición que inspira estas reflexiones advierte de que la calidad del servidor queda ligada también a la calidad del señor y de la causa a la que entrega su fuerza.
Ésa quizá sea la gran defensa frente a la Máquina de Guerra.
No hacerse inmune a las historias.
Eso sería imposible y tampoco sería deseable.
No renunciar a emocionarse.
No renunciar a admirar.
No mirar una escena heroica con la frialdad de quien se cree demasiado inteligente para sentir algo.
La defensa es otra.
Sentir sin entregar el juicio.
Emocionarse sin dejar de pensar.
Admirar el coraje sin adorar la violencia.
Aprender del héroe sin permitir que otro elija automáticamente por nosotros la causa a la que debe servir.
Recuperar la soberanía interior suficiente para poder decir:
Tengo fuerza.
Tengo miedo.
Tengo lealtades.
Tengo una historia.
Puedo combatir.
Pero la decisión de qué hago con todo eso me pertenece.
Eso no mata la épica.
La hace adulta.
La fábrica del enemigo
Pero todavía falta una pieza.
Quizá la más peligrosa.
Porque para llevar al hombre hacia una guerra no basta con mostrarle quién debería ser él.
También hay que enseñarle quién está al otro lado.
Primero se construye al héroe propio.
Después se degrada al hombre de enfrente.
A uno se le concede rostro, familia, honor, dolor y sueños.
Al otro se le va quitando todo eso.
Una propaganda construye al héroe.
La otra construye al monstruo.
Primero nos enseña quién merece nuestra admiración.
Después decide quién merece nuestro odio.
Y cuando el hombre del otro lado deja de parecer un hombre, la Máquina de Guerra ya no necesita empujarnos demasiado.
Ese será el siguiente paso.
La fábrica del enemigo.
Serie: El Guerrero y la Máquina de Guerra
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Fuentes y referencias
- Museo Nacional de Arte Romano — Áureo: respalda la descripción de las monedas romanas como instrumento de propaganda política y su circulación entre los distintos grupos sociales. Museo Nacional de Arte Romano: Áureo
- NATO — Psychological Operations / Cognitive Warfare: respalda la descripción de actividades planificadas destinadas a influir sobre percepciones, actitudes y comportamientos de audiencias. NATO: Cognitive Warfare report
- NATO — Counter Information Threats: respalda la descripción de amenazas informativas intencionadas, manipuladoras y coordinadas dirigidas a crear confusión, profundizar divisiones o desestabilizar sociedades. NATO: Approach to counter information threats
- Imperial War Museums: documenta el uso extensivo de carteles durante la Primera Guerra Mundial para reclutamiento, propaganda, racionamiento y recaudación de fondos. Imperial War Museums: Posters of the First World War
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